
Todas las noches, Vanda Pignato se retoca la sonrisa en su espejo de primera dama.
El presidente llega tarde, como es usual.
Vanda lo espera, sonrisa puesta, en el lecho nupcial.
El presidente se sienta frente a ella, se quita los calcetines.
Entonces Vanda es otra mujer: la que Noé Canjura pintó en los años 50, cuando el gobierno militar lo mandó becado a estudiar pintura a París, cuando le pidieron que pintara como loco las grandes pinturas de la historia del arte a cambio de comida y hospedaje en Europa.
En el lecho nupcial: Vanda y el presidente.
Sobre ellos: Ella: el pelo rizado, una línea de bellos finísimos hasta el ombligo, un piecito tímido, detenido con nerviosismo sobre el diván por tres siglos. Los corona, los sonríe, los vigila otro un del gobierno al joven pintor Noé Canjura: La maja desnuda.


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