jueves 24 de marzo de 2011

La vida es una pérdida constante

Que otra vez se me fregó la compu. En esta ocasión le cayó agua al teclado y no me fijé y de pronto escribía solitas, letras C y D infinitas. Abría un documento y se llenaba de Des a la mejor manera de la escritura automática contemporánea.
Entonces, de pronto, me dio crisis. Me sentí sin identidad. Tan dependiente de la computadora, de todo lo que escribo, de todo lo que guardo, de todo lo que está ahí.
No me entiendo la letra de los cuadernos, no sé escribir si no es una pantalla, y todo lo que pienso, lo que se me ocurre, se guarda en la compu.
Me sentía tan inútil, desterrada. DEPENDIENTE.
En lo que llevo de vida, se me han jodido las compus unas cuatro veces, y siempre aparece el temor de lo que perderé.
Esta vez me dijeron que no perdería la información, lo que me relajó un poco, me resignó.

Y me puse muy filosófica, tanto que ni Heidegger ni Schopenhauer ni el Buki me superan:

La vida es una pérdida constante, hasta que se pierde la vida.

domingo 20 de marzo de 2011

Cómo me gustan las piñatas: Un novenario por Hello Kitty

Y serás recordada por las nuevas generaciones, Kitty.

miércoles 16 de marzo de 2011

La Milá cumplirá 10 años

La infancia queda algo lejos, pero es un lugar del que no he salido nunca.

Tuve una infancia terriblemente rosada, casi burguesa. Mi abuela me llamaba niña popof. "Ya se despertó la niña popof", decía cuando me asomaba a la puerta de la casa y ella ya estaba haciendo algo con las plantas.
En el patio de mi casa había unas campanillas grandes, casi azules, casi moradas. Estaban alrededor de la casa. Afuera había crecido otra campanilla más pequeña, más azul, mi abuela me la enseñaba y me decía: "Esta es la zapatilla de la reina"; ahora que la pienso se parece mucho a los chopines, esos zapatos que equilibraban a las mujeres en el siglo XV.
Mi abuela sembraba chulas y maravillas, unas flores rosadas en todos los tonos, unas parecían de seda y otras eran, simplemente, rosado maravilla. A las maravillas, mi abuela les arrancaba el tallo y las hacía sonar, como trompetas.

Tuve barbies con ferraris, pequeños ponys que volaban y nunca volaron y unas amiguitas con las que me reunía a jugar de no recuerdo qué. Jamás jugué de cocinar. Fui criada con cierta ambivalencia: Mi madre me llenaba de libros y me llenaba de muñecas. No conocí otro oficio más que el de pensar, aunque fueran babosadas.

Mi infancia comenzó a terminar para la ofensiva, en 1989 y se fue cortando poco a poco, con intermitencia, hasta 1992.
Salimos de mi casa con las campanillas casi azules casi moradas en 1989, no volvimos nunca. Pasé años buscando las campanillas en las verjas de las casas. Una vez, hace unos años, mi abuela me pidió que fuera con ella al parque, el jardinero había sembrando un bejuco. Pasé 19 años sin ver esa flor. Tan azul tan morada. Tan grande.
En 1991 mataron a mi padre. En 1992 murió mi bisabuela*.
Quizá ya era hora de que todo se fuera terminando.
Diez años era demasiado.



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Mi bisabuela que me contó la masacre del 32.