Una de las cosas que hago para evadir el dolor es viajar. Truco viejo conocido por Miguel.Mi primer viaje fue a Cuba. Había tenido una pequeña muerte en un quirófano y un hombre malo en la vida, así que me fui a cumplir años a La Habana para no envejecer jamás. Y de paso: olvidar.
Como el truco funcionó (ya me había curado en San Juan del Sur, luego en Varadero y así), con el siguiente dolor pensé que lo mejor sería Lisboa. Pero en Lisboa, con sus calles y edificios de azulejos y la hermosa Marqués de Pombal, yo seguía recordando y sufriendo, sobre todo porque me encanta hacerle de sufridora. Porque, en verdad, los hombres me valen verga bastante rápido, y lo que me pesa es la historia.
Pensé que lo mejor, la cura definitiva, era Venecia. Porque siempre me ha salvado el mar, porque Lido.
Antes de llegar a Venecia, y encontrarme con Cecibel, Salinger me mató un poco.
En un Carrefur me había comprado una traducción del Guardián entre el centeno, la compré por el pan de centeno, por el hombre, porque había querido leerla, porque el libro era hermoso y pequeño, porque las letras rojo labio, porque muchas razones. Fue mi libro de viajes Sevilla-Madrid-Venecia.
Desde mi asiento junto a un italiano con la camisa de la selección italiana vi los cientos de islas que los hombres de la Edad Media, los luego comerciantes, aquellos huidos, huidos como yo, unieron a través de puentes. Esos hombre que habían huído, como huía yo, de quién sabe que dolor, de quién sabe qué mar o qué tierra. Noté que las páginas se me iban acabando y me daban nervios, muchos, de llegar al final.
No recuerdo en cuál capítulo encontré la frase, tampoco la recuerdo bien, un cuerpo encuentra otro cuerpo entre el centeno, alguien abraza a otro entre el centeno...

Y me rompí.
Lloré cerca de 20 minutos mientras el piloto anunciaba el viaje de descenso. Vi las islitas centenarias y las islitas de la línea de mi mano y volví una y varias veces sobre la frase, tan importante que no puedo recordarla, tan aislada ahora.
El italiano encendió su celular y pude ver la hora, mi hora favorita, aunque a esa hora haya muerto mi padre, y terminé el libro.
No quería recordar más que esa frase que ya no puedo recordar y ese dolor que ardía enmedio del pecho, en el esternón seguramente, porque quién sabe adónde queda el alma.
Esta tarde vi la noticia de la muerte de Salinger y corrí al libro, porque quería cantar esa ronda del hombre que protege a los niños de la caída el precipicio, porque el olvido.
No la encontré.
Hay cosas que es mejor no recordar claramente.

