No será porque reproducen los cánones identitarios creados por el martinato, que alguien lo dirá, sino porque llevo un par de años pensando que no hacen más que estigmatizar al indígena, desde su habla, porque sobre los Cuentos de barro solo se cita el habla y no se desmenuzan las historias terribles, de maltrato que escribió Salarrué, hasta bestializarlo y estupidizarlo como en el baile de los Izalqueños cuando dice:
-Yo soy la María
-Yo soy el Jusé
-Blancos mis calzones
-Lindo mi huipil
Somos los descendientes de la raza pipil
Y los niños que la interpretan en el acto del colegio patean el piso pesado, y se ríen como indios, que es, como tristemente hemos aprendido, como tontos.Y además lo idealizan: los indígenas son campesinos y no usan cotones ni faldas de tafetán ni enormes chales de colores. Sí, algunas mujeres visten aún refajo, pero son pocas, y ser indígena únicamente un traje.
Es demasiado amplio hablar de identidad. Ya me imagino peleándome con Pancho Lara en clase de semiótica, y es un debate que no debe hacerse en un blog.
Además, los dilemas de la identidad no comienzan con el martinato ni con la estigmatización posterior a la matanza del 32, como dirán algunos y he escuchado que dicen siempre. Son heredados de una tradición intelectual latinoamericana del siglo XIX, de esas ideas que tuvieron los hombres que crearon el ideario de las naciones en las que ahora vivimos. De esos hombres que primero pensaron que el indígena representaba atraso y luego, décadas después, lo vieron, como hicieron acá Gavidia y otros, como un ser mitomágico, conservado en formol con sus tradiciones y sus trajes y su lengua.
No se trata de eso.
Y no se trata tampoco de crear nuevos modelos -y menos que los proponga yo-, porque sí, todo lo que ha llegado hasta nosotros es creación, pero no estaría mal sacar esas ideas arcaicas, estigmatizantes y estúpidas de los programas de educación, porque hemos parido generaciones de educación nacional demasiado tontas -en las cuales he sido parida yo, claro- hasta la fecha.
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Postdata que debería de ser un post.
Hoy se cumplen 18 años de la muerte de mi padre. Más bien: de su asesinato.
Mi padre murió asesinado por violencia el 31 de mayo de 1991, a las cinco de la tarde, mi hora favorita. Murió, según recuerdo que decían las noticias, cerca de un puente. Y fue una de esas primeras víctimas de violencia urbana, de delincuencia -le robaron un carro- al inicio de esos tiempos de negociaciones de paz.
No hago rituales con respecto a mi padre: no hablo de él, no le escribo post, no le escribo cartas, no le escribo poemas, no le llevo flores a la tumba, no voy a misa por su alma.
No recuerdo mucho de él salvo lo que no he olvidado, y quizá sea porque mi madre y él no estaban ya nada bien cuando murió.
Esta mañana mientras enhebraba las agujas de mi abuela -que es uno de mis oficios favoritos- le dije qué día es hoy.
Ella comenzó a hablar de lo bueno que era mi padre, porque cuando morimos todos somos buenos, y que no mereció morir así.
Por eso escribo esta postadata, porque creo firmemente que nadie debe morir por violencia, a nadie deben interrumpirle la vida -y con esto me meto en un huevo, porque: qué pasa con las enfermedades, y peor aún: con el destino o Dios-, y todos los días mueren 13 personas por violencia en este país.
Porque en el 2006 cubrí el asesinato de un hombre, y al ver detrás de la línea de listón amarillo había una niña de unos 8 años llorando sobre su madre.
Y yo no lloré por mi padre porque no me dejaron.
Y no diré más porque cada uno sabe cómo lleva a sus muertos y a mí no me gusta contar cómo llevo a los míos.
Y sí, soy parte de esa generación sociológica de los hijos de la guerra y huérfanos de la postguerra, aún y con lo que no me gusta pertenecer, a círculos, a colectivos, a cenáculos, a talleres, y sobre todo a generaciones.
Y bue: ya basta.
Me voy mejor a la montaña, a celebrar la vida.

