El Darro de noche era ruido y olor. Nunca me asomé a la orilla porque me daba miedo, y arriba, la Alhambra era anaranjada e iluminada.A vos no te gusta la gente que toma fotos compulsivamente. Son como turistas japoneses. Pero yo era turista. Uno es turista en todas partes, uno es turista adonde no pertenece. Y yo no pertenecía al Darro. Menos a vos.
A orillas del Darro, supe hace poco, cientos de años antes de que nosotros lo cruzáramos y me dijeras, presumido, "Este es el Darro", había fábricas de papel.
Ahora las pienso y me asomo a la orilla del río, y las huelo. Entonces el Darro no olía a río, ni olía a la pulpa de papel que me recibía en el polo industrial de Huelva cuando volvía de verte. En el siglo XVIII, España ponía todo en papel. Había una locura por legalizar cualquier cosa: escribirlo, sellarlo y rubricarlo. Y España era dueña del mundo. O casi. Los españoles, con los piojos de sus barbas y sus letras humanísticas, llenaban todos los papeles que tenían a mano. Y a orillas del Darro, comenzaron a nacer las fábricas de papel para intentar dar a basto con la demanda.
Yo me las imagino:
Molinos papeleros.
Papel de trapo.
Papel verjurado.
Papel de tina.
Miles de trapos, unos sobre otros en el molde.
Y el molde de finísimas líneas presionando los trapos unos sobre otros.
Y prensando.
Y entonces, a contraluz, esas finísimas líneas aparecen, y ahora yo los llamo puntizones y corondeles.
Y entonces los maestros papeleros hacen que, por una magia que aún no me explico tecnológicamente, al poner el papel a contra luz, luz de día, toda la luz antes del atardecer, un dragón, una flor de lis o un ave maría aparezcan en el centro del papel.
Y el papel hermoso.
Y el papel, milagro.
Y el papel blanco.
Limpio.
Para recibir todas las tintas.
Y los sellos.
Ylas escrituras.
Y las leyes.
Y las rúbricas de los reyes.
Y las cartas de amor.
Sí,
siempre ha habido cartas de amor.
Y me imagino a los papeleros-traperos con ese olor y esa nueva pulpa. La ribera del Darro iluminada solo por la luna, y siempre tosigosa. Enferma. Esos molinos que trituraban trapos y gentes.
Y las gentes enfermas, transparentes.
Como el papel.
Y yo
mejor
escribo esto en la tesis
y no te escribo nunca una carta.

